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El predecible y violento López Obrador

Crónica Puebla por Crónica Puebla
12 febrero, 2022
en Opinión
El predecible y violento López Obrador
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Por: Rubén Salazar/Director de Etellekt / www.etellekt.com [email protected] @etellekt_

¿Alguna vez el presidente se escucha cuando habla? Realmente no, nun­ca lo hace, nunca lo ha hecho y jamás lo hará. Todavía hay quienes piensan que el López Obrador del presente es dife­rente al del pasado, “atontado” por las mie­les palaciegas y, por esa razón, convertido ahora en un pequeño rey malcriado, pen­denciero y arrogante, en comparación al prudente exjefe de gobierno capitalino que aún recuerdan con nostalgia.

Pero en realidad nada ha cambiado en él. Es el mismo líder embrutecido, furibun­do y vengativo de siempre, que no traga sa­pos, sino que los arroja sin avisar en la nu­ca de quien lo haya contradicho, cuestio­nado o dejado sin palabras en un debate; el que descalificaba a diestra y siniestra a sus adversarios, sin medir las consecuen­cias de su polarizante verborrea sobre su propia popularidad, que brotó espontánea­mente en una ciudadanía ávida de líderes emergentes que marcaran un antes y un después del corrupto PRI, pero que poco a poco fue desinflándose en las clases medias y altas, que terminaron por desconfiar del iracundo lenguaje del tabasqueño, que di­vidía por igual a una sociedad de por sí su­mergida en los enconos de clase y a las pro­pias familias.

Tampoco ha cambiado respecto al jefe de Gobierno del Distrito Federal que llamó despectivamente “pirrurris” a los capitali­nos que le demandaban seguridad, por or­ganizar una marcha blanca en avenida Re­forma de un millón de personas, sin impor­tarle que en una gran mayoría de sus ho­gares –incluyendo el mío– tuvimos fami­liares que padecieron asaltos o secuestros.

Y no dista nada de aquel candidato pre­sidencial que comparó al entonces pre­sidente Vicente Fox con una “chachala­ca”, desquitándose del ranchero oriundo de Guanajuato, al que nunca le perdonó por el desafuero en su contra, según López Obrador, por su decisión de haber cons­truido un camino a un hospital, aunque la verdadera razón fue su reiterado desprecio por la ley, al desacatar una orden judicial que suspendía la construcción de ese sen­dero (cualquier coincidencia con su acuer­do para catalogar sus obras del Tren Maya, la refinería de Dos Bocas o el Aeropuerto de Santa Lucía, como obras de seguridad na­cional y violar derechos de particulares, no es mera coincidencia).

Prueba de lo anterior es el López Obra­dor presidente, que no duda en descalificar y llenar de adjetivos a los que no piensan igual que él o se oponen a sus decisiones, y a quienes se atreven a denunciar las co­rruptelas y patrimonio inexplicable de sus funcionarios y familiares.

Como un verdadero bully escolar, no tu­vo el menor empacho en insultar a la can­ciller de Panamá y feminista, Érika Mouy­nes, al compararla con la “Santa Inquisi­ción”, por la negativa de ese país de recibir como embajador de México al excatedráti­co Pedro Salmerón (amigo y confidente de López Obrador y su esposa, la historiadora Beatriz Gutiérrez Müller), acusado de aco­so sexual.

Lejos de rectificar, AMLO no sólo le faltó el respeto a la canciller panameña, sino a las mujeres víctimas de violencia, al anun­ciar que le daría empleo a Salmerón en la Oficina de Presidencia, en lugar de solici­tar a la Fiscalía General de Justicia de Ciu­dad de México una investigación de oficio. Una consideración que no tuvo con otros colaboradores que estuvieron en aprietos, como René Bejarano, Carlos Ímaz –exespo­so de Claudia Sheinbaum– o Gustavo Pon­ce, los que tuvieron que enfrentar la justi­cia federal en un sistema con más plurali­dad política que la de ahora.

Su arcaica y violenta conducta se hizo igual de patente en contra de los periodis­tas Carlos Loret de Mola y Carmen Ariste­gui, a quienes no perdona el haber difun­dido el reportaje de la casa de Houston, que desnuda los lujos de su hijo mayor al amparo del poder de su padre, que derri­bó como un castillo de naipes su falso dis­curso moral de honestidad y austeridad republicanas.

Apartado de la frugalidad, no sólo en la comida sino en el uso de las palabras y li­teralmente con el cuchillo entre los dien­tes, balbuceando y arrastrando la voz –ca­si expulsando lágrimas de ira–, los llamó mercenarios del periodismo, corruptos y deshonestos.

Con Loret de Mola, la inquina de AMLO fue más allá, rayando en la amenaza y ac­tuando como un tirano (al tiempo que The Economist alertó que México está a nada de caer al autoritarismo), al violar el se­creto fiscal y exhibir públicamente en su conferencia mañanera el sueldo que ga­na Loret de Mola, violando la privacidad del periodista y poniendo en riesgo su se­guridad personal y la de sus familiares, en un momento donde ejercer el periodismo en México literalmente equivale a jugar­se la vida.

Una narrativa hostil que lleva años en­cendiendo los ánimos de sus simpatizan­tes. Que demuestra lo predecible y violen­to que es AMLO, sobre todo a la hora de buscar pretextos para desviar la atención de sus tropelías y las de los suyos, hacién­dose el mártir y estigmatizando al que lo critica, para presentarlo como un enemi­go que se opone a su labor transformado­ra, al que hay que cazar.

Lo advertí desde la pasada campaña, en seminarios sobre violencia política y en di­versas entrevistas con medios: su discurso violento puede permear hacia abajo no só­lo en sus huestes, sino en otros gobiernos, quienes lo pueden replicar contra sus pro­pios opositores y traducirlo en agresiones físicas; y por opositores no sólo me refiero a partidos políticos, sino a periodistas, ac­tivistas, intelectuales, académicos, empre­sarios, por el simple hecho de pensar dis­tinto, respaldar un proyecto de nación al­ternativo o denunciar actos criminales o de corrupción cometidos por el poder. To­dos estamos en peligro.

El López Obrador presidente no sólo es una calca del joven López Obrador, se pa­rece tanto a los líderes más autoritarios, corruptos, criminales y cínicos de la histo­ria de México que siempre vieron al pueblo como un menor de edad, que no estaba lis­to para la democracia.

Desde aquí expresó mi solidaridad a Carmen Aristegui y Carlos Loret de Mola, ante los embates y agresiones de un presi­dente que se ha declarado abiertamente enemigo de la libertad y un traidor confe­so a la democracia.

Etiquetas: AMLOLoretprensa

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