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La prudencia, fuerza de los triunfadores

Crónica Puebla por Crónica Puebla
3 marzo, 2021
en Opinión
La prudencia, fuerza de los triunfadores
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Por: Lic. Guillermo Pacheco Pulido
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Respeta sentimientos, vida y libertades de las personas. El hombre es naturalmente crédulo e incrédulo, es tímido o temerario, es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos; todo eso y más hacen que como ser humano pensante se le considere una verdadera incógnita, como ya lo señalaba Sócrates.

Todos los filósofos han tratado de definir al ser humano y a la fecha seguimos igual, porque no se encuentra certeza alguna al respecto; seguimos igual, vemos los mis­mos conceptos, las mismas preguntas, las mismas respuestas y las mismas opiniones de una u otra forma.

Ello hace que muchísimos escritores nos hablen y traten de explicarnos de có­mo debe actuar el hombre o mujer en el desarrollo de su vivencia y todas sus fa­ses y actividades; cuál debe ser el curso de la vida privada y la pública del ser huma­no, cómo debe actuar y pensar, cómo sa­ber construir un camino y conquistar su destino.

Señalo lo anterior, porque hay un li­bro de Baltasar Gracián que se publicó en 1647 titulado El arte de la prudencia, que contiene 300 aforismos que de una u otra forma tienen vigencia en nuestra época, por sus lineamientos éticos y morales y que dedicados al ser humano, le sugieren modos de comportamiento. El título ori­ginal del libro mencionado es Oráculo ma­nual y arte de la prudencia, que nos lleva a afirmar que la prudencia es un arte de equilibrio emocional que surge de la apli­cación de los principios de la razón, de la lógica y de la estructura mental, ejemplo: “la ofensa a un necio lo enoja y el prudente la pasa por alto”, es decir, no le hace caso.

Transcribimos unos aforismos o sen­tencias breves de los 300 que contiene el libro y notaremos que los señalamientos éticos y morales, a pesar del transcurso del tiempo con algunos matices, siguen siendo los mismos frente a la incógnita del hombre.

  1. Ser buen entendedor. Saber razonar era la más elevada de las artes; ya no es su­ficiente: ahora es necesario adivinar, y más en asuntos que pueden decepcio­nar. No puede ser entendido el que no sea buen entendedor. Hay adivinos del corazón y linces de las intenciones. Las verdades que más nos importan vienen siempre a medio decir. El prudente de­be saber entenderlas: refrena la creduli­dad en las cosas favorables y la estimu­la en las odiosas.
  2. Mejor lo intenso que lo extenso. La per­fección no consiste en la cantidad, sino la calidad. Todo lo muy bueno siempre fue poco y raro; usar mucho lo bueno es abusar. Incluso entre los hombres: los de cuerpo gigante suelen ser de ce­rebro enano. Algunos estiman los li­bros por su corpulencia, como si se es­cribieran para ejercitar los brazos más que el Ingenio. Lo extenso sólo nun­ca pudo ir más allá de la mediocridad, y es una plaga de los hombres univer­sales que, por querer estar en todo, no están en nada. Lo intenso proporciona eminencia y fama, si el asunto es muy importante.
  3. No dedicarse a ocupaciones desacredi­tadas y mucho menos a las quiméricas: sólo se obtiene desprecio y no renom­bre. Las sectas del capricho son muchas y el hombre cuerdo debe huir de todas ellas. Hay gustos exóticos que siempre se casan con todo aquello que los sa­bios repudian. Viven muy pagados de cualquier extravagancia y, aunque los hace muy conocidos, es más causa de la risa que de la reputación. Aún co­mo sabio no debe destacar el prudente, mucho menos en aquellas ocupaciones que hacen ridículos a los que las prac­tican. No se especifican porque el des­crédito común las tiene suficientemen­te señaladas.
  4. Nunca perder la compostura. La finali­dad principal de la prudencia es no per­der nunca la compostura. De ello da prueba el verdadero hombre, de cora­zón perfecto, porque es difícil conmover a cualquier ánimo elevado. Las pasiones son los humores del ánimo; cualquier exceso en ellas perjudica la prudencia; y si el mal llega a los labios, la reputación peligrará. Uno debe ser tan gran due­ño de sí que ni en la mayor prosperidad ni en la mayor adversidad nadie pueda criticarle por haber perdido la compos­tura. Así será admirado como superior.
  5. Cautela al informarse. Se vive más de oídas que de lo que vemos. Vivimos de la fe ajena. El oído es la segunda puer­ta de la verdad y la principal de la men­tira. De ordinario la verdad se ve y ex­cepcionalmente se oye. Raras veces lle­ga en su puro elemento y menos cuan­do viene de lejos: siempre trae algo de mezcla de los anónimos por dónde ha pasado. La pasión tiñe de sus colores todo lo que toca, en contra o a favor. Se inclina siempre a impresionar: hay que tener mucho cuidado con el alaba, ma­yor con el que critica. Es necesaria mu­cha atención en este punto para descu­brir la intención del intermediario, co­nociendo de antemano de qué pie co­jea. La cautela debe ser contrapeso de lo falto y de lo falso.
  6. Tener reservas en todas las circunstan­cias. Se asegura así lo importante. No se debe emplear toda la capacidad ni se debe usar toda la fuerza cada vez. Inclu­so en la sabiduría debe haber reservas, y así se duplican las perfecciones. Si se sale mal de un aprieto siempre debe ha­ber a qué apelar. Es mejor la ayuda que el ataque, pues es útil y tiene crédito. El proceder de la prudencia siempre se dirigió a lo seguro. Y en ese sentido es verdadera la curiosa paradoja que dice: más es la mitad que el todo.
  7. No vivir deprisa. Saber distribuir las co­sas es saberlas disfrutar. A muchos les sobra la vida y se les acaba la felicidad. Estos no disfrutan de las alegrías, sino que las malogran. Cuando se ven tan adelante en la vida, les gustaría volver atrás. Son postillones de la vida que su­man al natural paso del tiempo su pro­pia precipitación. Querían devorar en un día lo que apenas podrán digerir en toda la vida. Viven las dichas apresu­radamente, se comen los años por ve­nir, y como van con tanta prisa pron­to acaban con todo. Incluso en el deseo de saber debe haber medida, para no sa­ber las cosas mal sabidas. Hay más días que dichas. Despacio al disfrutar y de prisa al actuar. Las acciones bien están una vez hechas; Las alegrías mal, una vez acabadas.
  8. Saber escuchar a quién sabe. No se pue­de vivir sin entendimiento, propio o prestado; pero hay muchos que igno­ran que no saben y otros que piensan que saben, no sabiendo. Los errores de la estupidez son irremediables, pues co­mo los ignorantes no se tienen por ta­les, no buscan lo que les hace falta. Al­gunos serían sabios sino creyesen serlo. Por eso, aunque hay pocos oráculos de la prudencia, viven ociosos porque na­die los consulta. Pedir consejo no dis­minuye ni la importancia ni la capaci­dad, sino que las acredita. Al entrenar­se con la razón se evita el ataque de la mala suerte.
  9. Creer al corazón. Y más cuando es muy firme. Nunca se le debe contradecir pues suele ser un pronóstico de lo más importante: es un oráculo personal. Muchos perecieron de lo que más se te­mían, pero ¿de qué sirvió tenerlo y no remediarlo? Algunos tienen un cora­zón muy leal, lo que es una ventaja de la naturaleza superior, y siempre los

previene y avisa del fracaso para evi­tarlo. No es prudente salir a buscar ma­les, pero sí lo es salir al encuentro para vencerlos.

  1. Saber olvidar. Es más suerte que sa­biduría. Las cosas que hay que olvidar son las que más se recuerdan. La me­moria es informal (porque falta cuan­do es más necesaria) y necia (porque acude cuando no conviene): se detie­ne en lo que apena y se descuida en lo que gusta. A veces el remedio de una desgracia es olvidarla, pero se olvida el remedio. Hay, pues, que acostumbrar bien a la memoria porque ella sola pro­porciona la felicidad o el infierno. De es­to se excluyen los satisfechos de sí mis­mos: son felices en su simplicidad.

El tomar decisiones prudentes normal­mente se da frente a situaciones difíciles o complejas, graves, urgentes como conse­cuencia del vivir y actuar humano.

Le dijo El Quijote a Sancho Panza: “No huye el que se retira, porque has de saber amigo Sancho, que me he retirado, no hui­do, y con esto he imitado a muchos valien­tes que se han guardado para tiempos me­jores y de esto están las historias llenas”.

La prudencia es necesaria a cada ins­tante, debe utilizarse aplicando la razón, la mente, no la pasión o el impulso que cie­ga todo argumento.

Antes de actuar prudentemente cuen­ta hasta 10 o hasta 100 y verás que ejer­citaste la razón.

En fin, del libro comentado debemos de­rivar que actuar con prudencia siempre será lo más sano, nos hará reflexionar, es decir pensar varias veces en una posible decisión en forma rápida o lenta según las circunstancias.

La prudencia requiere saber ponde­rar, evaluar, reconsiderar, analizar causa y efecto, medir tiempos, comprender cir­cunstancias y resultados; usos de la cor­dura, de la templanza, de la sensatez, de la moderación, del hablar con cuidado, sin herir dignidades ajenas, sopesar, tolerar.

Debemos usar palabras o términos que hayamos sopesado y que no lleven en al­gunos casos a la tolerancia.

Todo ello lleva beneficios para evitar daños mayores, dificultades e inconve­nientes o también se obtienen beneficios dentro de la conducta ética.

Ser prudentes nos hace fuertes y se conquista la paz y la tranquilidad, el or­den y la felicidad y sobre todo viviremos con equilibrio emocional; lo que es impor­tantísimo en estas complejas épocas, equi­librio emocional que no debemos perder.

Y como decía un compadre: “No ha­blen mal del puente hasta haber cruzado el río. Nadie prueba la profundidad del río con los dos pies”.

Etiquetas: Baltasar Graciánprudencia

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