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Reflexiones electorales y de otras cosas…

Felipe Flores por Felipe Flores
27 mayo, 2021
en Soliloquio
Arrancando campañas, ¿para qué son las encuestas y en qué debemos fijarnos?
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En una semana concluyen las cam­pañas electorales y en diez días es­taremos en las urnas ejerciendo el voto que habrá de ser definitorio pa­ra el futuro inmediato del país.

Salvo que ocurra un evento verdadera­mente extraordinario –se dice que algo se estaría fraguando – el escenario no podría cambiar mucho respecto a lo que hoy se puede vislumbrar.

La expectativa mayor continúa siendo la conformación del Congreso federal, por ser la instancia en la que fluyen las dispo­siciones legales que le pueden dar un giro a los temas de mayor envergadura de la vi­da nacional.

Es muy posible que Morena y sus alia­dos mantengan su mayoría, pero no la su­ficiente para cederle toda la maniobra, y eso parece ser sano en las condiciones ac­tuales en los que se demandan mayores equilibrios.

Ganarán también gubernaturas, pero tampoco las que tenían calculadas hace meses; si acaso la mitad de las 15 que están en disputa, mientras que el PRI podría per­der cuatro de las ocho que ahora tiene y el PAN dos, en tanto que Nuevo León y Cam­peche serían para Movimiento Ciudada­no y San Luis Potosí para el Partido Verde.

En Puebla Morena también perderá terreno, incluyendo la “Joya de la Coro­na”, donde la alianza PRI-PAN-PRD con Eduardo Rivera Pérez gobernaría la Capi­tal y otros municipios relevantes.

La disputa interna morenista tras la su­cia imposición de candidatos cobrará fac­tura también en el Congreso local, aun­que obtendrá posiciones en muchas de las alcaldías del interior, donde los aliancistas en conjunto también podrían predominar.

Comentario al margen, es penosa la ac­titud de los partidos políticos que se nie­gan a cubrir los gastos que se deriven de un eventual debate entre los aspirantes a la Al­caldía de la capital poblana.

Hay en este tema un claro y lesivo doble discurso: todos se pronuncian a favor de ce­lebrarlo, pero ninguno está dispuesto a sol­tar un peso, pese a que los lineamientos en la materia son muy claros.

En este caso, la norma establece que res­pecto al costo que representa la organiza­ción de un debate podrá ser sufragado de manera proporcional por los partidos po­líticos a los que pertenecen los candidatos que participen en el mismo.

Los partidos políticos se victimizan al decir que son pocos los recursos disponibles y presionan para que sea el Instituto Elec­toral del Estado quien patrocine el evento.

Lástima de esa actitud tan tacaña, pues la confrontación es ideal para contrastar las propuestas y plataformas de los aspi­rantes para permitirle al ciudadano razo­nar y decidir mejor su voto, si bien de algu­na manera está prácticamente resuelto en los términos expuestos.

Todos los pronósticos referidos devienen de una mera percepción, a la vista de múl­tiples acontecimientos de las últimas se­manas que, traducidos de manera instan­tánea, significan no necesariamente una derrota, pero sí un duro traspié al proyecto de largo alcance de la 4T.

Persiste, ni duda cabe, una fuerte olea­da de inconformidad hacia un estilo de go­bernar que se opone a los principios bási­cos de toda democracia y se resiste en cum­plir una elemental tarea de todo gobier­no, que es la de propiciar un ambiente so­cial de concordia y de unidad entre sus go­bernados.

No obstante, el notorio segmento que todavía mantiene su apoyo y simpatía al presidente Andrés Manuel López Obrador permeará también en las urnas el próximo 6 de junio, aunque no hay certeza de que esa lealtad se transmute necesariamente hacia los candidatos de Morena, y de ahí lo impredecible del recuento final.

Todo eso haría suponer, pese a las bur­das campañas y al precedente de extrema e inédita violencia, que la participación en el día de la jornada electoral será abundante, o por lo menos mayor al 47.7 de la registra­da en la intermedia de 2015, estimándose que esta vez será superior al 50 por ciento.

Mientras eso ocurre, los embates ema­nados desde Palacio Nacional no cesan; ya sea contra la autoridad electoral y el INAI, o bien en ese afán de encarcelar mediante legaloides recursos al gobernador tamau­lipeco Francisco García Cabeza de Vaca.

A esa ofensiva en cadena se incluyó ahora al Banco de México, cuya indepen­dencia como valor supremo para mante­nerse vigoroso y confiable en el manejo de la política monetaria, está también ame­nazada.

Eso no importa, de lo que se trata es de concentrar mayor poder y de mantener los suficientes leños en la hoguera de la discor­dia con un discurso populista que por reite­rativo parece agotarse. Ya se verá.

Todo este torbellino que genera ruido mediático –incluido el eco estridente de las redes sociales- propicia por desgracia el ex­travío y la desatención de otros temas que también debieran preocuparnos.

Uno de ellos, fundamental, tiene que ver con la creciente influencia que han ido ad­quiriendo las fuerzas armadas en el país, un hecho que no es menor y que pudiera tener a corto plazo hondas y hasta irrever­sibles repercusiones.

Hay, no obstante, algunos organismos y grupos académicos que han puesto la mira en este fenómeno que no deja de sor­prender si nos atenemos a que, en su mo­mento, el ahora presidente Andrés Manuel López Obrador se pronunció enfática y re­iteradamente por retirar a la milicia de las tareas de seguridad y de otras actividades públicas.

Incluso, como candidato, se compro­metió tácitamente a que en seis meses ha­ría regresar al Ejército a sus cuarteles. Se­guimos esperando.

Aquella promesa la fundamentó por el sabido fracaso de la “guerra” contra el nar­cotráfico que declaró el entonces presiden­te Felipe Calderón, y luego que el sucesor Enrique Peña Nieto mantuviera a las fuer­zas armadas como pilar de la estrategia de seguridad en contra de organizaciones cri­minales.

Hoy, la realidad contrasta significativa­mente con esa promesa y ha sido el propio mandatario quien ha cedido un sinnúme­ro de actividades al Ejército, incluso en ta­reas que corresponden estrictamente al po­der civil, mientras que el combate a la de­lincuencia ha pasado peligrosamente a un segundo plano.

Este asunto es toral y no debe soslayar­se. Por sus repercusiones, lo retomaremos pronto, toda vez que sea superada la ven­tisca del proceso electoral, la que –también hay que decirlo- podría tardarse un buen rato ante la expectativa de que buena par­te de la elección tenga que transitar por los pasillos de los tribunales jurisdiccionales.

Y es que ahora nadie está dispuesto a perder, de modo que los reclamos y las im­pugnaciones llenarán seguramente grue­sos expedientes y serán motivo de largas se­siones donde al final de cuentas, se espera, la legalidad y la certeza deberán prevalecer.

Un asunto más de refilón.

No puede pasar desapercibida la recien­te pérdida de categoría que tenía México en materia de seguridad aérea, degradación que obedece, por más que se quiera justi­ficar, al incumplimiento de los estándares y recomendaciones de la Organización de Aviación Civil Internacional.

El descenso revela que el país carece de recursos técnicos, económicos y humanos para cumplir verificaciones, certificacio­nes, mantenimiento y resolución de pro­blemas de seguridad. Así de sencillo.

Y la razón, debe destacarse, es que el go­bierno le recortó los recursos, como a otros programas federales, a la Agencia Federal de Aviación Civil, al asignarle unos 380 millones de pesos para este año, 140 mi­llones menos que en 2020.

Es cierto que las aerolíneas mexicanas seguirán volando hacia Estados Unidos, pe­ro ahora no podrán abrir nuevas rutas ni frecuencias, servicios o convenios de mer­cadotecnia, además que se suspenderán los acuerdos de código compartido, por lo que las estadounidenses no podrán vender bo­letos con las mexicanas.

Este suceso impacta también a todo el amplio sector turístico -líneas aéreas, agen­cias de viajes, hoteles, prestadores de ser­vicios, etcétera-, en un momento crucial que demanda una pronta recuperación de la economía.

Ya vendrán las acostumbradas letanías, pero es claro que la política de austeridad no siempre es efectiva, no al menos cuan­do hay daños de por medio.

Etiquetas: congresoPRI-PAN-PRD

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