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Tras los pasos de un Tesoro Humano Vivo

Crónica Puebla por Crónica Puebla
5 junio, 2021
en Cultura
Tras los pasos de un Tesoro Humano Vivo
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El zaguán negro deja ver todo lo que hay dentro: una mujer de trenza blanca y mandil a cua­dros camina lo más rápido que puede y los guajolotes le abren paso.

Ella se pone un cubrebocas de ensueño: triple manta con un fino bordado de flores coloridas; más brillante el diseño que los que lu­cen las blusas tradicionales.

Se preocupa por si llegan con hambre entrevistador y guía, y enseña lo que ha hecho para los de casa: claclapas, un platillo que cuesta poco y es de los más aplaudidos por vecinos, amigos e investigadores extranjeros que han hecho estancias para cono­cerla a ella y sus bordados y gui­sos: frijol quebrado, hoja santa y tequesquite.

Reinalda Altamirano García ofrece asientos y se acomoda. Es un Tesoro Humano Vivo.

Juzgada así por expertos para otorgarle el nombramiento en 2020, por parte de la Secreta­ría de Cultura estatal, el premio destaca su vida dedicada a pre­servar recetas ancestrales y bor­dados cuyo origen se pierde en lí­nea de tiempo.

El galardón le llegó cuando atravesaba un torbellino que la sacudió, junto con su familia.

Detrás del portón negro tam­bién está Don Efrén. Cultiva la tierra y lleva algunos de los in­gredientes que doña Rei usa en sus platillos, como el maíz y el frijol. Cuelga sus utensilios del muro.

El segundo viernes de cuares­ma toca comer mole con nopa­les y tortitas de camarón. Doña Rei hace una receta diferente a la de sus vecinas: no utiliza hue­vo para “que peguen” las tortitas y el punto de su mole es “como atolito”, con textura que le da la manteca y un sabor que depende de la cantidad de camarón, para que no quede salado ni insípido.

Y su fórmula para cocer y potenciar el sabor de las habas, ¡mmmhh!, y los huesos con que da sabor a sus guisados están se­llados con manteca para que de­jen su gusto y propiedades ali­menticias en cocción a fuego lento.

Doña Rei no gira perillas. Quita maderos del fogón ances­tral para ajustar el calor. Siem­pre, en Yancuitlalpan, ha coci­nado en sus tecuiles: tres pie­dras grandes, que se ajusten al tamaño de las cocineras senta­das en el piso, varias medianas de soporte y la leña. Encima, el comal.

En su cuarto de humo está la huella de las labores: el hollín pinta de negro los blocks de las paredes.

Y se ven sus equipos: metate, molcajete y licuadora. “Nos vi­no a ahorrar mucho tiempo, ya es rápido hacer cualquier cosa; pero hay guisos que deben ser martajados”, afirma mostrando el gesto con el temolote.

En Yalcuitlalpan, la carne pa­ra los guisos de fiesta es el puer­co. Y Doña Rei prefiere el pollo, pero si es para dar gusto a otros, pues deberán ser de cerdo todas las piezas.

Su mole no lleva cacahuate; así lo hacía su mamá, para que saliera menos grasoso. Tampo­co le pone plátano ni leche, con­trario a algunas personas que conoce.

El rigor con la grasa también lo tiene para el pipián: muele ella la pepita en forma antigua.

Siempre tiene frijoles listos. Y tortillas. Su hija la enfermera puede llegar con invitados por­que hay modo de multiplicar el contenido de la olla en un tris.

En agosto, en pleno duelo, le avisaron que fue seleccionada para ser proclamada Tesoro Vivo.

Sin ganas para hacer nada, por la tristeza profunda, un día pensó que sus amigas y familia­res –que de tiempo en tiempo van a verla para aprender a bor­dar con ella– podrían animarse a dominar la labor viendo que hay recompensas a la constan­cia y el esfuerzo.

Y le echó llave al zaguán por fuera, acudió a la ceremonia. Y fue la mejor vestida: con sus puntadas coloridas.

 

 Mayoras y chefs comparten el rango

El chef Javier Ruiz Hermoso cuenta cómo el rango de Doña Reinalda Altamirano y el suyo son equivalentes, si se le consi­derara una mayora.

“La característica es el lide­razgo, las mayoras son siempre mujeres que por mucho tiempo han aprendido de la cocina de los claustros. En Puebla apren­dían en conventos, no precisa­mente como religiosas sino en­señadas por las monjas, y al lle­gar a casa o restaurantes dirigen el funcionamiento de la cocina. Además tienen una sazón obte­nido de forma empírica identifi­cando productos para procesar­los con calidad”, asegura Ruiz Hermoso.

Agrega que las grandes rece­tas de la comida poblana no son estandarizadas, sino que utili­zan conceptos subjetivos como una pizca de sal, un puño de al­mendra o un puño de perejil, de ahí la gran riqueza y diversidad cultural que se tiene.

Mientras el chef viene de una estructura culinaria francesa que es el jefe de una cocina, la mayora ocupa el mismo lugar: dirigen, conocen técnicas y cul­tura de los platillos y tienen sus propias recetas, indica.

Mayoras como la oaxaqueña Abigail Mendoza son las nuevas rock stars, afirma.

El peor día de su vida: agos­to del año pasado. Una de sus hijas murió.

Dolorida del alma, debilita­da al extremo por la tristeza, aturdida en medio del funeral, pasó horas sintiéndose impo­tente ante la tragedia.

En un momento, el ensi­mismamiento la dejó. Respiró hondo y miró alrededor.

La casa de la difunta, cues­ta abajo, estaba llena de gen­te afligida.

Casi en forma automática, recordó que horas antes, su otra hija, enfermera, le había llevado una bolsa enorme de hongos de la región.

Y, también como en mo­do involuntario, se disculpó y pasó en medio de los otros do­lientes.

Caminó hacia arriba, don­de las calles del pueblo termi­nan y comienza la terracería amarilla, donde el bastón ayu­da para no irse hacia atrás de tan ladeado el camino, donde el que va por primera vez suele darse un derrapón y caer.

Traspasó la reja negra, to­mó el bolsón de hongos, los la­vó y se metió a su cuarto de humo a cocinar.

Preocupados, los familiares que fueron a buscarla, desde la calle entendieron con la na­riz por qué se salió del funeral.

Ayudaron a bajar el cazue­lón de hongos en chilito y el montonal de tortillas.

Y Doña Rei sintió cumplir­le a su hija fallecida, compar­tiendo lo mejor que sabe ha­cer con la gente que la quiso en vida y se acercó con cariño a despedirla.

A 2 mil 60 metros de altu­ra sobre el nivel del mar se en­cuentra el municipio poblano de Tochimilco, para llegar a La Magdalena Yancuitlalpan, a las faldas del volcán Popocate­petl el camino es hacia arriba.

Las nubes cubren el vol­cán; pero el sol en cenit se cue­la fuerte.

Por fin, el zaguán negro. Dentro, un par de cuartos de adobe, con techos de lámina y un pequeño lavadero en medio del patio. Aquí vive la mujer que fue también reconocida con la Clavis Palafoxiana jun­to al dramaturgo Héctor Azar.

Bajo un tejado, cuelgan arados y herramientas para el campo.

Esa casita es toda la pose­sión de Doña Rei. Se suman los guajolotes, unas vacas, pe­rros y un par de pollos enamo­rados.

Abrevia la historia de su vi­da: el abuelo revolucionario, zapatista, murió; la abuela, muy joven, se volvió a casar.

A Rei, niña, no le tocó es­cuela, pero su madre, Doña Natalia García, jovencísima, la puso a escribir en papel es­traza y “con un lapicito”. Tam­bién le enseñó los números. Y en cuanto pudo llevarla a cla­ses, fue la más avanzada a la hora de leer, escribir y hacer cuentas.

Pero su hobby máximo era dibujar; dibujar “en cuadros”, copiando la forma de los bor­dados de su mamá.

La llevaron a Calpulalpan y aprendió mucho más de lo que entonces se acostumbraba pa­ra las niñas.

Desde adolescente, alfabe­tiza. En náhuatl y en español.

Y la necesidad de enseñar a leer y escribir la llevó “de pa­ta larga” a varios municipios cercanos.

Y más grande, se fue a co­nocer el mundo al que pu­do llegar: Ciudad de México en casonas lujosas donde lu­ció las recetas que aprendió de su mamá y aplicó los conoci­mientos de su jefa, una cocine­ra profesional bajo cuya tute­la dominó los aparatos eléctri­cos para moler, mezclar, reba­nar, picar, exprimir jugo, sua­vizar carne, hacer esferas per­fectas, aderezos de todos colo­res y transparentes y las técni­cas de rostizado, laqueado, a brasas… lo que no habían vis­to sus ojos de niña.

Tiene muestras del borda­do que hicieron su madre y su abuela. Extiende los cilindros de manta y otras telas y su pe­tate se llena de colores y for­mas diversas de puntadas si­métricas.

La técnica de pepenado que luce en su cubrebocas se que­da corto ahora, en medio de figuras en trozos de tela que parecen más destinados a en­marcarse que a vestirse.

Y saca las muestras de pli­sados: la técnica de su mamá y su abuela, que incrementa la dificultad.

Muestra una camisa de más de 150 años; la usó su abuelo el revolucionario.

Y, luego, los bordados que la hicieron famosa: los dan­zantes del Huey Atlixcáyotl.

¿Cómo se le ocurrieron es­tos bordados?

Yo dibujaba a las mujeres con sus canastos en la cabeza. Pe­ro una vez, Cayuqui –Estage Noel, el etnógrafo y antropó­logo que revivió la costumbre del Huey Atlixcáyotl–dibujó a las que danzan con zapati­llas en la mano y agarrándose la falda. También dibujó a las que cargan flores y frutas y de pareja, un hombre con un ga­bán y una botella de licor en la mano.

¿Y usted qué hizo?

Dibujé en el bordado a todos y sí me salieron; mucha gente las copió y las hizo por su lado, cuando las mostramos.

Pero no están detalladas…

Porque no las hacen punto por punto.

Exhaustos por la caminata cuesta arriba, algunos visitantes han tocado en este zaguán du­rante años.

De otras partes del país y del mundo, preguntan y llegan.

Para hacer tesis sobre la cos­tumbre náhuatl de este lugar, pa­ra estudiar los puntos del borda­do de doña Rei, para conocer có­mo vive la gente de aquí o para hacer estancias en universidades cercanas y probar la comida he­cha en tecuil y comal.

Uno de ellos estuvo un año y siete meses. No hablaba español y se regresó a su Inglaterra carga­do de náhuatl y castellano.

“A mí no me es extraño tratar con extranjeros porque el tiempo que viví en Ciudad de México hu­bo muchos con los que nos dába­mos a entender de alguna forma; venían muchachos para dialogar y hacer sus trabajos. Uno de ellos me trajo pan Bimbo y me pidió hacerle pan francés; yo no sabía hacerlo y le pregunté a Cris, que ha estado del otro lado, me dijo cómo y pedí miel y se lo hice. No sé si le hice lo que esperaba, pe­ro le gustó mucho y ya me quedé con esa receta”.

Las estancias de visitantes ex­tranjeros le trajeron rumores ne­gativos. “Pero no me importa lo que digan, a mí me da gusto que se interesen por lo que hacemos aquí: las danzas, los bordados, la comida, nuestra lengua náhuatl”.

La chaquira y el canutillo no tienen secretos para estas ma­nos bordadoras. Despliega los diseños más complicados de su repertorio y la mezcla es aluci­nante.

Es complicada la técnica y re­quiere horas y horas de labor; a ella le encanta.

Y vio que tiene más compra­dores en las ciudades y en el ex­tranjero el diseño con chaquira que el bordado de hilo

Doña Rei no sabía de precios y vendió una camisa en 3 mil pe­sos. Su compadora la revendió en 75 mil.

“Pero no me enojo; esa seño­ra hizo una cosa que yo no: en­contrar quien aprecia este traba­jo por la tradición que lleva y el tiempo y la labor”.

Etiquetas: bordadoPueblaYancuitlalpan

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